Según vas cumpliendo años y va muriendo gente, empiezas a encontrar las Navidades tristes sin remedio. Solo ves sillas vacías, huecos, y los recuerdos vacían todavía más el sofá donde no se sienta el abuelo o la silla en la que no está la tía que no querías ver ni en pintura, pero ahora echas de menos. Nos hacemos viejos. Y nos hacemos tristes.
Ni siquiera la cabalgata de reyes te arranca una sonrisa. Ves a la vecina viuda caminando sola un sábado, después de la supuesta alegría de las doce campanadas. Ves a la amiga que ya no tiene madre. Te oyes nombrada como la sobrina de un tío muerto. Piensas que hay un familiar con depresión. Y tú eres la siguiente familiar deprimida.
Las Navidades son tan tristes como un pañuelo mojado de lágrimas. No hay manera de levantar cabeza. Le das un trago a la copa de cava a ver si te vienes arriba y subes y bajas como un ascensor destino al sótano. Estás en el sótano de ti misma.
Pero la vida sigue. No sé si sigue igual o sigue parecida a la vida que vivieron los que no están y a la vida que vivimos con los que se fueron. En el periódico pone que ha nacido el primer bebé de 2026 en Soria. Se llama Emir. ¡Bienvenido, niño!
María Rey
Economista
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