miércoles, mayo 07, 2008

El monstruo de Amstetten

 Los periódicos no dejan de ofrecernos cada día nuevos capítulos del caso del "monstruo de Amstetten". La crónica negra vende tanto como la crónica rosa, sobre todo cuando casi es imposible imaginar una atrocidad peor que la cometida por Josef Fritzl.
 
 ¿Nadie sabía nada de lo que ocurría en la casa del sótano del terror? Parece poco probable que una esposa no conozca al marido hasta tal extremo, más creíble es que no quiera admitir los defectos delictivos del esposo o, incluso, que haya colaborado en el secuestro de su hija Elisabeth porque alguien, digo yo, debía alimentar a los secuestrados cuando el padre delincuente andaba por Tailandia de turista sexual.
 
 El monstruo de Amstetten se cobijó en una familia de esas que nos venden como perfectas: muchos hijos, esposa en casa, padre ganándose los garbanzos fuera, "generosidad interfamiliar" (adoptaba los nietos que "milagrosamente" le aparecían en la puerta de casa). Y el estado austríaco actuó en su día como muchos quisieran que actuase cualquier Estado: sin meter las narices en las cosas de la familia. Si al individuo Fritzl le aparecía un niño a la puerta con una carta escrita por la hija desaparecida, el Gobierno austríaco se lo daba en adopción sin más investigaciones. Eran cosas de familia. Lo malo es que las cosas de familia resultaron ser los más atroces delitos que puede cometer un ser humano.
 
 Dios nos libre de familias como la que le tocó en desgracia a Elisabeth. El padre un pederasta, la madre una mujer simplona de las que dice sí al marido como otrora los esclavos le decían sí al amo, los hermanos, tan acatadores de la voluntad paterna, nada supieron en veinticuatro años de lo que el progenitor escondía en el sótano.
 
 Hay familias unidas que son un asco. Todo se tapa con el manto de la virgen. La ley del silencio es su Constitución de andar por casa. No nos extrañemos que de vez en cuando salga a la luz pública una joven con siete hijos de un padre violador y secuestrador o tres bebés en un congelador paridos años atrás por una perfecta casada con un marido que, sorprendentemente, no sabe si su mujer está embarazada o simplemente es que se le acumulan los kilos en la tripa durante una temporada (me refiero a los bebés de la localidad alemana de Möllmicke).
 
 Dejémonos de endiosar a la familia perfecta y empecemos a hablar de personas libres, de ciudadanos, de individuos individuales. Sintámonos personas sin ataduras sentimentales. Sólo así podremos denunciar los trapos sucios si tenemos la mala suerte de que un día aparezcan en nuestro entorno próximo. La dignidad de la persona debe ponerse por encima de la familia para no tener dudas cuando es necesario un divorcio o es imprescindible una denuncia , en casos como los de una hija que sufre abusos sexuales por parte de su propio padre.



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