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jueves, septiembre 20, 2007

La otra cara de la inmigración

La emigración suele presentársele al que emigra como una solución a sus problemas económicos. Mira a su alrededor y ve que el hijo del vecino viene de España con coche, mejor ropa que la que llevaba cuando emigró y unos cuantos churumbeles hablando español como nativos y le dice a la parienta "vamos para allá", como hace unos años decían nuestros padres a nuestras madres que se iban para Suiza porque allí "se facian moitos cartos"

Lo malo es que no todos hacen mucho dinero. Los hay que dejan la pobreza llevadera en el país propio para caer en la pobreza paupérrima del país que, en vez de ser la tierra de El Dorado prometido, es la tierra de la pesadilla de la escasez absoluta. Fue lo que le ocurrió al inmigrante rumano que se quemó a lo bonzo después de ser estafado por conocidos parientes y despiadada burocracia española. Los parientes, decía su hija Isabella, que lo arrastraron a España con la promesa de una vida mejor y le quitaron los ahorros que destinaba al viaje de regreso a la vida anterior. La burocracia hizo el resto: le pidió papeles para ayudarlo y le negó el billete de regreso que le da sin pedírselo a muchos africanos que vienen y no quieren irse. Tendría que insistir más dirán algunos. Quizá. Pero no todos somos iguales. Hay personas a las que les puede el orgullo; les dicen no y no regresan. Rebuscan el mechero en la camisa y se abren las carnes en llamas de muerte.

El inmigrante rumano de Castellón acabó muriendo dos semanas después de que se quemara con su propia familia de testigo. Su muerte no es portada. Ya no es noticia. Su familia está en Rumanía porque, una vez moribundo el padre, la burocracia y la caridad pagaron los billetes de avión que no pagaban con el padre vivo. Ahora les enviarán al padre muerto. Nunca un viaje de regreso a la tierra natal ha sido tan caro. Deseemos que España no envíe más padres muertos y que descanse en paz un inmigrante digno que mereció otra suerte.