La Casa Real no es distinta a otras casas ni la Familia Real es distinta a otras familias españolas. Los hijos nacen, crecen, se casan, hacen abuelos a los padres y se divorcian.
El amor tiene finiquito, es una nómina que se agota con el esfuerzo de convivir con una pareja que va cambiando en el espejo del día a día. Él y ella. Los dos protagonistas de la novela cambian desde el capítulo del "sí, quiero" hasta el capítulo del "¿nos divorciamos?".
Ya nadie se extraña ante el anuncio de un divorcio. ¿Qué es el divorcio de una Infanta? ¿Y qué? ¿Acaso no se le divorciaron a la Reina de Inglaterra tres hijos? El amor en los palacios también se rompe como una porcelana de todo a cien.
La separación de los duques de Lugo sólo le importa a Jaime Peñafiel. El veterano periodista buscará los motivos de la grieta matrimonial en un ictus mal llevado por la pareja ducal. Don Jaime Peñafiel aún no se ha enterado de que el "sí, quiero en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, etc" sólo se dice para el vídeo de la boda. En el domicilio conyugal, cuando llegan los problemas, adiós amor, por mucha bendición que nos haya echado un obispo.
El amor se ha adaptado a los tiempos. Los hijos de la generación que inauguró la ley del divorcio tras la Transición disfrutan el divorcio rápido a golpe de amor apasionado. Las abuelas sufridoras son para nosotros la prehistoria de las relaciones personales. Al marido no se le sufre, se le deja. Y a la esposa también se la deja. ¿Qué hay hijos? No importa. Los niños harán la maleta cada fin de semana o, si somos más modernos, cada tres días. Lo peor es repartir la hipoteca, pero también tiene arreglo la cosa financiera: vendrán nuevas parejas para firmar otro préstamo a medias. La vida sigue.
En la Familia Real sigue la vida monárquica con doña Elena separada de hecho y pensando la fecha para anunciar el divorcio, una vez anunciado "el cese temporal de la convivencia matrimonial". Supongo que volverán a elegir un martes 13 que coincida con la condena a unos humoristas por dibujar a los Príncipes en postura amatoria para tapar con un roto conyugal un descosido en la libertad de expresión.
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