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lunes, octubre 29, 2007

Los mártires del anticlericalismo

La plaza de San Pedro se vistió de gala para beatificar a los que llamaron en el Vaticano mártires del siglo XX. El papa Ratzinger es un hombre inteligente y estiró los años de la Guerra Civil a un siglo entero en una denominación poco acertada, tanto por fechas de martirio como por las biografías de los nuevos beatos.

De los 498 beatificados sólo siete eran laicos y todos fueron asesinados por los republicanos. Los franquistas también mataron algún cura rojillo, pero parece que en los cielos azules del Vaticano no caben las sotanas menos correctas.

El Papa, supongo que sin querer, ha empatado a los dos bandos de los recuerdos históricos. Ahora, cuando ZP cite a su abuelo fusilado por los nacionales, en cualquier desfile militar lo van a abuchear enseñándole la fotografía de un tío beato que murió gritando perdón o dando vivas a Cristo Rey ante el fusil del miliciano de turno.

Hay perdones que no reconcilian por mucho que se desgañite Benedicto XVI rezando un Ángelus tras la beatificación masiva. Lo único que podría reconciliar sería que, igual que en el Cielo Dios da asiento a todos los colores de piel y de ideología, en el Vaticano tuvieran a bien incluir en sus beatificaciones masivas de religiosos mártires a azules y rojos. Todos juntos en la misma misa. Y sus descendientes reconociendo que en los dos bandos de la Guerra Civil se han cometido atrocidades, en ambos bandos se ha torturado, vejado, matado.

Pero no van por ahí los pasos de la Roma papal. Parece que seguirán las beatificaciones masivas del clero asesinado en la Guerra Civil hasta los diez mil religiosos. La próxima vez nos prometen dos mil. Casi nada. Eso sí, todos muertos por no haber renegado de su fe católica y todos con hábito. Parece que los padres de familia, las madres de aquellas familias más que numerosas no los mataban por ser católicos. Por católicos sólo mataban a los curas, monjas y demás clero de convento y sin conventar.

Yo creo que a éstos mártires los mataron por llevar hábito; cayeron víctimas del anticlericalismo que se desató nada más proclamarse la II República y que nadie quiere recordar. Reconocer que el campesino o el obrero, una vez sacudida la religiosidad o sin sacudirla mucho, iban a por el cura es muy fuerte. También es fuerte recordar que la España de los años treinta era pobre y analfabeta, y de la tasa de analfabetismo mucha culpa tenía el monopolio de la enseñanza en manos de la Iglesia clerical. Con esto no quiero decir que hubiera que matar curas. Quiero decir que, con la ley en la mano y los votos en las urnas, el Pueblo tenía que haber exigido sus derechos y no haber llegado jamás a una guerra tan dolorosa todavía hoy. Tan dolorosa mirando como sólo los de un bando suben a los altares y como sólo los de otro bando son recordados en una Ley de Memoria Histórica, habiendo sufrido las mismas atrocidades.